Hijas de pediatra – 2

Continuando con el anterior post, y dejando claro que no pretendo dar consejos pediátricos, Zeus me libre, sino compartir vivencias villamoquiles. Por deformidad profesional en muchos casos, y porque en casa de herrero, cuchillo de palo. Y aclarando que en este escenario el herrero soy yo y no Ironman, por cierto…

3. No me preocupa mucho si están “suficientemente” abrigadas. Es algo obvio que los niños (y me refiero aquí a los lechones de 2 años en adelante, básicamente), en cuanto pisan la calle-parque-espacio abierto en general, echan a correr-saltar-trepar. No veo, en general, que los adultos de pro se echen encima un plumífero sobre tres capas de ropa, además de gorro y bufanda, para hacer footing running… Pues eso. Pero vale, puntito pediátrico: muchas veces me han preguntado qué pienso acerca de los catarros y el “coger frío”, y siempre contesto lo mismo. Los catarros los producen los virus y éstos tienen el camino más fácil si hay frío ambiental, porque las defensas propias del aparato respiratorio (barrera mucociliar, o dicho más cristianamente, moco y pelillos microscópicos -cilios- que son como un velcro donde se quedan pegados los microbios) funcionan peor con bajas temperaturas. Los abrigos no corrigen el frío ambiental, por cierto. Y si a eso le añadimos que en invierno solemos estar en sitios cerrados con mucha gente, que a su vez puede estar contagiada de alguno de los tropecientos virus causantes de infecciones respiratorias, las posibilidades de acatarrarse aumentan. Pero en mi opinión -y experiencia-, cuando mis hijas no quieren el abrigo es porque tienen calor y no lo necesitan, en ese momento. Y yo en concreto no creo, francamente, que vayan a acatarrarse más por eso. Y he de decir que vaya si piden el abrigo en, pongamos, Segovia en el mes de febrero… que tontas, no son.

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Trotandovoy y Miss Berrinche en la nieve de la montaña asturiana, ¡sin abrigo!

Hijas de pediatra – 1.

Creo que si se les preguntara a mis hijas: ¿te gusta que tu mamá sea pediatra? probablemente contestarían que sí, aunque yo sé que hay muchos momentos de su vida en que estarán despotricando para sus adentros deseando que yo hubiera sido cualquier otra cosa. Piloto, por ejemplo, como la mamá de una compañera de Miss Berrinche, que es nada más ni nada menos que PILOTO. De aviones grandes de los de verdad, mami, de los que llevan gente de viaje… “hala, mejora eso”, parecía que me decían mis hijas al volver del cole aquel día. Es verdad que en alguna ocasión las he cazado contándole a algún congénere que su mamá era médico de niños, y que los pinchaba a veces, y noté en todos los casos cierto orgullo en sus palabras (y cierto miedo en la expresión del amiguito).

Cosas que mis hijas sufren o disfrutan, según, por la condición de hija-de-pediatra:

1.- En general, me da igual que coman o que no coman. ¡Ojú qué mal suena la frase! No voy a entrar ahora en este tema tan trillado, pero es así: la mayoría de los niños comen menos de lo que nos parece normal a los adultos, y que suele ser lo que necesitan, ni más ni menos. Algún “mal comedor” hay de los de verdad (o sea, aquél niño que por no comer, ve alterado su desarrollo), pero son pocos. Lo normal en un niño es que coma lo que come un niño. O sea: lo que necesita, nada más, y “seleccionado” (a ver… en habiendo patatas fritas y macarrones, ¿van a preferir el lenguado? angelicos). Cuando están pachuchos (catarros, otitis, gastroenteritis,…) es otra historia; en este punto 1, me refiero al día a día. Y esto, a mis hijas, sé que les ha facilitado bastante su plácida existencia, comparado con otros niños de su entorno. En Villamocos no ha habido una pelea por la comida jamás. Y claro, cuando cuento esto, siempre hay alguien que me dice: “claro, eso es porque las tuyas comen”,  y aquí es cuando suspiro y desisto de explicar que claro que comen, como todos (o sea, poco), pero es que ellas afortunadamente no le tienen miedo a la comida porque nadie se la ha embutido, NUNCA. Según mi suegra (a la que quiero mucho y me consta que es una mujer inteligente, culta y con sentido común), Ironman estuvo un verano entero sin comer. Lo sostiene, lo afirma y lo defiende, por más que yo le diga que eso es imposible. Y el interesado reconoce, por lo bajini, que cree recordar que se trincaba unos helados interesantes sobornados al abuelo…

2.- Es más, me preocupa que coman de más. No hace falta que recuerde la enorme prevalencia de niños obesos que hay en España. Bueno, pues de eso tenemos la culpa los adultos, no los pobres niños. Y este punto sí que les ha amargado la existencia bastantes veces a mis retoñas (risa maligna…), sobre todo a Trotandovoy, que es más de dulce. Las chuches están muy relegadas a los cumples, y en el armario lo más golosón que hay son galletas maría y magdalenas (y estas, no siempre). Ni galletas Dinosaurius (no me creo que estén recomendadas por la AEPED), ni inventos de tropecientos-cereales-con-miel, ni ná de ná. Ahora bien, por supuesto, llega el sábado y comemos fuera y claro que se comen su postre… y en vacaciones de verano, helados y chuches a veces a diario (consecuencia del abuelazgo),… pero el día a día es lo que marca la diferencia. Seguro seguro segurííííísimo que he sido criticada por esto infinidad de veces por personas de mi entorno, pero francamente, querida, me importa un bledo. Lo que sí me importa, como pediatra y madre, son los inocentes piños por el momento libres de caries de mis criaturitas y la costumbre no adquirida por ellas de zampar comida basura de forma habitual. Y cuando nos comemos un pastelaco de chocolate nos lo comemos con ganas, y si lo hemos cocinado nosotras, mejor… Ni qué decir tiene que intento que merienden bocata, en todas sus modalidades.

Mmm. Creo que se me ocurrirán más pros/contras de ser hijo-de-pediatra…

Los deberes.

Hoy estoy reivindicativa. El tema no es otro que los deberes, las tareas, lo ejercicios para casa o como uno quiera llamarlos. Me tengo por una persona bastante poco radical. Me adapto bastante bien al “redil”. También soy tolerante, bastante. Asertiva, mucho. Y de niños, algo sé. Porque me gustan, y porque son mi trabajo. Y ahora, que venga alguien a explicarme por qué narices un niño de 9 años se lleva a casa 7 ejercicios de deberes (4 de Lengua, 3 de Mates), cada día. Otros días 6 u 8, pero parecido. Porque yo no lo comprendo. Y se me venga, por favor, con razones consistentes, de peso, bien argumentadas. Y aviso que va a ser difícil convencerme. Porque los médicos somos un poco así, quisquillosillos en cuanto a las causas-efecto: nos gusta basarnos en la evidencia, o sea, en lo que se ha demostrado como beneficioso. Que alguien me sustente que el hecho de que un niño de 9 años se pase hora y media o dos horas sentado haciendo deberes (después de 8 horas en el colegio) tiene claros beneficios, y yo lo apoyaré. Pero lo siento: me temo que no. Aquí en España, como en Sudán del Sur, Vancouver o Tokio, el niño va a querer correr hasta sudar, reírse jugando hasta que se le corte la respiración y quedarse absorto (todo lo contrario a “mantener la atención”… dichosa atención) durante bastantes ratos al día. Pero no sólo va a querer esos ratos, sino que va a NECESITARLOS. Si esos ratos son escasos durante la jornada laboral, durante las horas de colegio, ¿vamos encima a recortárselos durante las tardes?

Cada año que pasa me planteo más a menudo si lo estamos haciendo bien en este país y la respuesta que me doy a mí misma es, cada vez más frecuentemente, NO. Porque, además, me gustaría que mis hijas tuvieran una formación musical, pero los dichosos deberes no les dejan tiempo libre ni para jugar, ni para la música (ni para nada, en realidad).

Tengo que decir que ahora mismo no me gusta la vida de mis hijas todo lo que debería gustarme. Y es duro decir eso como madre. Quisiera que pudieran disfrutar más. ¿Habrá más madres/padres en mi situación?…

Los congresos.

Regresé ayer de un congreso en Belgrado de cuatro días de duración. Como soy así de meticona no podía pasar la oportunidad de plasmar aquí, en este blog neonato (puesto que tiene menos de un mes de vida) mi opinión acerca del mundo congresil. 

Lo primero de todo: ¿Para qué sirven los congresos médicos? Pues pondré como ejemplo el momento fascinante en que Ramón y Cajal se va (con un par, y pagándoselo todo él) a Berlín, a finales del siglo XIX, a convencer a la comunidad científica de que las neuronas son células individuales y no una red grande de tejido. Bien; simplificando mucho ése es el objetivo de los congresos, dar a conocer a los demás colegas el trabajo de uno, y además, antes de que sea publicado: en primicia. Lo que un médico envía a un congreso se llama “comunicación” en términos generales. Puede ir en formato hablado, con una presentación que lo apoye (en power point o póster) o escrito (póster). Para que se presente en el congreso, tiene que aprobarlo un comité. Suelen publicarse los resúmenes (abstracts,… que ya se sabe que el inglés mola más) en una revista o programa del congreso.

Peeeero, evidentemente no en todos los congresos se comunican muchos “grandes” descubrimientos, sino que son los pequeños avances en Medicina los que mayoritariamente nutren el programa. Dicho esto, ahí va mi primera reflexión: se envían  (o son aceptadas) demasiadas comunicaciones a los congresos. Es una cantidad inabarcable de información. Pienso que lo bueno, si breve, dos veces bueno, y que un programa más escogido sería mejor en todos los aspectos.

Pero a lo que más vueltas le doy es a la posibilidad de que los congresos empiecen a ser on-line. Y cada uno en su casita. Existen ya medios de comunicación audiovisuales de sobra… Que todo se haga igual, a saber: el envío de comunicaciones y selección de las mejores, la elaboración del programa, la inclusión de charlas magistrales e incluso la adquisición de créditos,… pero vía internet mediante audioconferencia y con la posibilidad en el portal web para colgar los pósters, incluir links y archivos adjuntos o poder hacer preguntas de forma interactiva. ¡No le veo más que ventajas! para empezar, los costes. Fuera aviones y hoteles, esto es evidente… Pero hay muchas más. Habrá quien no tenga problema en desaparecer casi una semana de su casa para irse a un congreso, pero la mayoría de médicos que conozco (y no hace falta tener niños en plena vuelta al cole como fue mi caso la semana pasada…) lo ve como un engorro. Que no: que no hacemos tanto turismo cuando vamos de congreso. Que hay muchos que piensan que la vida congresista consiste en una sucesión de comidas-gintonics-cenas. Norrrr. Normalmente una se pasa la mitad del congreso acongojá por si lo hará bien cuando le toque hablar, y la otra mitad corriendo de una charla a otra… Por no mencionar el tema atuendo, que oye, quieras que no, hay que tenerlo en cuenta, sobre todo si eres ponente y asistes a las (a veces casposillas) cenas de clausura. Ooooooyoyoyoy qué a gusto estaría yo en chándal, en mi casita, frente al ordenador. Seguro que me concentro mejor y todo. Y por la noche, ceno, sí, pero con Ironman, ea.

Además en los últimos años ya no nos dan ni un mal chiliwilli*.

(*Nota del autor: dícese de los objetos de propaganda de un laboratorio farmacéutico, destinados a hacer las delicias de los hijos (e incluso pareja) del médico que los recibe. Por ejemplo, pelotas de colores, cometas, bolis, cuentos, libretas, pendrives y todo material de papelería que se precie,… hasta una semilla para plantar en un tiesto me traje una vez de un congreso de Málaga). 

Villamocos way of life.

Villamocos es mi casa. Bueno, más bien de mi familia y mía, que si no tuviera familia, no habría mocos… Villamocos no siempre se llamó así; el mote le viene de la Edad Oscura, que ya explicaré. Antes de eso, no era Villamocos, aunque tampoco tenía nombre, la verdad.

En Villamocos vivimos servidora, Ironman, Trotandovoy y Miss Berrinche. No vive aquí, pero casi, Meripopins. Y, como ser animado y poco participativo, una tortuga llamada Tuli. Como seres inanimados y altamente protagonistas, dos violonchelos (de diferente tamaño, todo hay que decirlo).

Ironman es mi marido y también padre de las criaturas (de Trotandovoy y Miss Berrinche). El mote Ironman le viene al pelo: se dedica a eso profesionalmente. Al iron, o mejor dicho al steel. Pero además, fruto de una crisis de los 40 ciertamente prematura, o -no lo tengo claro- de una hernia de disco que le dejó baldáu hace ya un tiempo, se ha entregado al deporte [off the record: si el marido de una se pone más cachas es algo bueno, ¿no? ¿o no? sí, ¿verdad?].

Trotandovoy es mi hija mayor. Acaba de cumplir 9 años. La canción original que le da el mote la refleja fielmente, sobre todo lo de “por el camí-i-noooo, yo méntre-tengoooo”. Es el ser humano más positivo que conozco, o casi. Es la representación de Bob Esponja en la Tierra.

Miss Berrinche es mi hija pequeña. Está a punto de cumplir 8 años; sólo es 14 meses menor que Trotandovoy. Es más insistente que el mejor vendedor de Planeta Agostini, más dulce que el más exquisito de los macarons parisinos -de hecho también atiende por la Petite- y físicamente, un clon de mi suegra. Salvo las orejas; las orejas, son mías.

Meripopins es la cuidadora de las nenas y parte de mi corteza cerebral prefrontal desde hace 8 años. Llegó aquí de coña; estábamos en alerta roja -ya lo contaré- desesperados por encontrar a alguien que arrimara el hombro (hacían falta, en aquélla época, muuuuuuchos hombros) atendiendo mocos en Villamocos, y apareció ella. Y aquí sigue…

Servidora,… pues lo que pone en la pestañita ésa de “acerca de”.

Fin del segundo post. Hasta ahora, fácil. Dicen que no hay dos sin tres…

… y al final empecé.

Pues sí, al final empecé, porque este blog lleva siendo empezado muchos meses, e incluso diría que años.

Supongo que todo ser humano que comienza a escribir un blog se preguntará si alguien le va a leer; y yo no iba a ser menos. Además, tengo la sensación de que llego muy tarde al mundo blogosférico en todas sus modalidades. Está todo muy trillado. Y mira que yo leo blogs; pero es que de cada tema hay ya cientos, ¡qué digo cientos! miles de blogs. Para más inri, los temas que yo puedo tocar (no porque sepa mucho de ellos, sino porque son los que me gustan) están muy presentes en la blogosfera, al menos la hispanohablante. Estos temas son, y no necesariamente por este orden, la maternidad, la medicina, la pediatría, la música, la gastronomía, la historia, el arte, los viajes, el deporte, la moda,… ¿Cómo? primera norma de un blog: decide sobre qué vas a hablar. Bien, para mí es difícil. Siempre he pensado que el dicho “quien mucho abarca poco aprieta” me queda como un guante, pero en mi opinión no tiene por qué tener una connotación negativa. No veo que haya nada de malo en tener muchas inquietudes e intentar saber un poquito de todo aunque luego no “apriete” nada. Bueno, en algo sí me he centrado un poco más: en la Pediatría. Llevo en ello, contando con el tiempo de MIR, 7 años y pico. No es mucho, pero creo que sí lo suficiente como para saber que nunca me cansaré de trabajar con niños y que por tanto es poco probable que mi trabajo llegue a no gustarme. Oye, y eso es muy importante…

El hecho de haber tenido a mis dos hijas al tiempo que empecé la residencia de Pediatría me fue mostrando simultáneamente las dos caras de la misma moneda pediátrica: la del doctor y la del paciente. O en este caso, madre del paciente. Y eso me hizo aprender mucho y reflexionar más. Encima, el padre de mis criaturas y yo fuimos los pioneros de nuestro entorno en procrear, lo cual también tuvo sus “repercusiones”…

Lo dicho: comenzamos…