La geriatra que llevo dentro.

Como contaba el otro día (en un post que ha tenido un alcance que jamás me habría imaginado), cada año por estas fechas recuerdo lo que fue para mí escoger especialidad. Y la observación que me hace todo el mundo antes o después siempre es la misma: “¿geriatra y pediatra? ¡los dos extremos!” Exactamente esta expresión es la que he escuchado cientos de veces a lo largo de los últimos 8 años. 🙂

Aunque, si por “extremos” entendemos que son especialidades muy distintas, debo decir que no lo veo así. Ya conté aquí las principales diferencias que encontré entre Pediatría y “Adultología”, que las hay y muchas, pero no considero que Pediatría y Geriatría sean opuestas, qué va. Tienen mucho en común, y lo principal es que: 1) son especialidades que contemplan de forma integral a un paciente, 2) muchas veces no se trata directamente con el paciente sino con sus padres o sus hijos. Vaaaaaale, y sí, como siempre me decís todos, es cierto que “en las dos especialidades hay pañales” (aunque mi alma geriátrica se revuelve un poco preguntándose si se les pondrán pañales no necesarios a los pacientes continentes).

(Shutterstock, autor Ermolaev Alexander, que me viene a pelo para el post)

(Shutterstock, autor Ermolaev Alexander, que me viene a pelo para el post)

¿Por qué escogí Geriatría? Primero: la estudié en sexto de carrera, ya que en el “nuevo” plan de estudios (1994) en la facultad de Oviedo se incluyó como asignatura obligatoria; y me encantó. Segundo, y seré honesta: el número MIR. Mi vocación era la pediatría -siempre lo había sido-, pero tuve la mala (¿o buena?) suerte de ponerme enferma dos días antes del MIR y el examen me salió, supongo, peor de lo que me habría salido yendo sana. Resultado: número de orden 2500. No tenía opción a Pediatría, pero sí a Geriatría (que preferí a otras opciones). Y tercero: como ya conté, las ganas de emigrar a Madrid con mi novio (oséase Ironman) 🙂 me terminaron de decidir. Y la especialidad me absorbió, me encantó, la terminé, y trabajé unos meses. Y… luego comprobé las sombrías perspectivas laborales y repetí el MIR en un arranque propiciado seguramente por las hormonas (puerperio y embarazo consecutivos) 🙂 .

…Y también porque, en aquél momento –espero que esto haya cambiado– me parecía que había una insuficiente percepción (a nivel social pero también entre profesionales de la salud) de que la Geriatría es una especialidad absolutamente necesaria que debe tener un peso importante en el organigrama sanitario; y que el geriatra es el especialista más cualificado para tratar a los pacientes geriátricos, los cuales no son tales simplemente por su edad. Insisto: esta fue mi percepción, a lo mejor otros geriatras no lo veían así… Lo que sí que no admite dudas es que el paciente geriátrico es un paciente habitualmente complejo. Complejo desde el punto de vista clínico, funcional, mental y social: cuatro esferas íntimamente relacionadas, o cuatro “patas de un banco” que hay que atender simultáneamente porque cuando una de ellas se quiebra, provoca que las otras tres cojeen. Desde el punto de vista meramente clínico, casi todas las patologías tienen cabida en Geriatría (cardiovasculares, endocrinológicas, neurológicas, digestivas… todas) y en todas tiene que tener soltura un geriatra. Pero además, hay que contemplar la vulnerabilidad de las otras tres esferas (mental, social, funcional). Y no es nada fácil. Hay que ser muy buen clínico para ser un buen geriatra, pero sólo ser un buen clínico a veces no es suficiente para ser un buen geriatra.

La verdad es que fueron años que me marcaron, en los que aprendí una barbaridad… aunque mucho se me ha olvidado porque hace ya bastante tiempo. Lo digo porque igual he dicho algo incorrecto en cuanto a la especialidad, y en ese caso corregidme, geriatras. 🙂 Y mil gracias por ese blog fantástico, Hablando de Geriatría, que espero no dejéis nunca de actualizar! 🙂

 

 

4 comentarios en “La geriatra que llevo dentro.

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