La geriatra que llevo dentro.

Como contaba el otro día (en un post que ha tenido un alcance que jamás me habría imaginado), cada año por estas fechas recuerdo lo que fue para mí escoger especialidad. Y la observación que me hace todo el mundo antes o después siempre es la misma: «¿geriatra y pediatra? ¡los dos extremos!» Exactamente esta expresión es la que he escuchado cientos de veces a lo largo de los últimos 8 años. 🙂

Aunque, si por «extremos» entendemos que son especialidades muy distintas, debo decir que no lo veo así. Ya conté aquí las principales diferencias que encontré entre Pediatría y «Adultología», que las hay y muchas, pero no considero que Pediatría y Geriatría sean opuestas, qué va. Tienen mucho en común, y lo principal es que: 1) son especialidades que contemplan de forma integral a un paciente, 2) muchas veces no se trata directamente con el paciente sino con sus padres o sus hijos. Vaaaaaale, y sí, como siempre me decís todos, es cierto que «en las dos especialidades hay pañales» (aunque mi alma geriátrica se revuelve un poco preguntándose si se les pondrán pañales no necesarios a los pacientes continentes).

(Shutterstock, autor Ermolaev Alexander, que me viene a pelo para el post)

(Shutterstock, autor Ermolaev Alexander, que me viene a pelo para el post)

¿Por qué escogí Geriatría? Primero: la estudié en sexto de carrera, ya que en el «nuevo» plan de estudios (1994) en la facultad de Oviedo se incluyó como asignatura obligatoria; y me encantó. Segundo, y seré honesta: el número MIR. Mi vocación era la pediatría -siempre lo había sido-, pero tuve la mala (¿o buena?) suerte de ponerme enferma dos días antes del MIR y el examen me salió, supongo, peor de lo que me habría salido yendo sana. Resultado: número de orden 2500. No tenía opción a Pediatría, pero sí a Geriatría (que preferí a otras opciones). Y tercero: como ya conté, las ganas de emigrar a Madrid con mi novio (oséase Ironman) 🙂 me terminaron de decidir. Y la especialidad me absorbió, me encantó, la terminé, y trabajé unos meses. Y… luego comprobé las sombrías perspectivas laborales y repetí el MIR en un arranque propiciado seguramente por las hormonas (puerperio y embarazo consecutivos) 🙂 .

…Y también porque, en aquél momento –espero que esto haya cambiado– me parecía que había una insuficiente percepción (a nivel social pero también entre profesionales de la salud) de que la Geriatría es una especialidad absolutamente necesaria que debe tener un peso importante en el organigrama sanitario; y que el geriatra es el especialista más cualificado para tratar a los pacientes geriátricos, los cuales no son tales simplemente por su edad. Insisto: esta fue mi percepción, a lo mejor otros geriatras no lo veían así… Lo que sí que no admite dudas es que el paciente geriátrico es un paciente habitualmente complejo. Complejo desde el punto de vista clínico, funcional, mental y social: cuatro esferas íntimamente relacionadas, o cuatro «patas de un banco» que hay que atender simultáneamente porque cuando una de ellas se quiebra, provoca que las otras tres cojeen. Desde el punto de vista meramente clínico, casi todas las patologías tienen cabida en Geriatría (cardiovasculares, endocrinológicas, neurológicas, digestivas… todas) y en todas tiene que tener soltura un geriatra. Pero además, hay que contemplar la vulnerabilidad de las otras tres esferas (mental, social, funcional). Y no es nada fácil. Hay que ser muy buen clínico para ser un buen geriatra, pero sólo ser un buen clínico a veces no es suficiente para ser un buen geriatra.

La verdad es que fueron años que me marcaron, en los que aprendí una barbaridad… aunque mucho se me ha olvidado porque hace ya bastante tiempo. Lo digo porque igual he dicho algo incorrecto en cuanto a la especialidad, y en ese caso corregidme, geriatras. 🙂 Y mil gracias por ese blog fantástico, Hablando de Geriatría, que espero no dejéis nunca de actualizar! 🙂

 

 

Consejos que me hubiera gustado recibir de R1.

Como cada año, llegan los nuevos resis; y como cada año, me acuerdo de mis primeras andanzas como médicoMe refiero a las primeras de verdad, porque fui R1 dos veces, pero como la primera, ninguna. 🙂

Y éstas son las recomendaciones, consejos y/o advertencias que (a mí) me habría venido bien escuchar a lo largo de mi(s) residencia(s). Me habría ahorrado bastante ensayo-error. 🙂

1.- Consejos terrenales, eminentemente prácticos. 

– Aunque al principio te veas desbordado por dosis de fármacos y algoritmos varios, NO caigas en la tentación de pedirle a tu R mayor su chuletario (aka neurona periférica) para copiarlo literalmente: nunca consultarás su clasificación de las anemias hemolíticas y te costará fiarte de la dosis manuscrita de la noradrenalina en perfusión. Además, eso está en todos los libros. Ve haciéndote tu chuletario según TUS propias necesidades. Poco a poco. 🙂

Ve apuntando los recados que van surgiendo a lo largo de la mañana mientras pasas visita o consulta. Créeme, es fácil acordarte de: 1=subir una dosis de Seguril a un paciente, 2=aumentar el potasio de una parenteral y 3=pedir una placa de control… pero más de 3-4 tareas son difíciles de retener.

Revisa las dosis de los fármacos que pautas. ¿Ya la has revisado? … pues revísala una segunda vez. Vale, ya está. 🙂

Selecciona los aparejos que vas a llevar encima, quizás no todos sean necesarios. A veces parece que al quitarnos la bata nos quitamos las alforjas.

– Hazte con una carpeta física, de las de toda la vida, para ir metiendo los diplomas y certificados de los cursos a los que asistas. Y ábrete una carpeta electrónica en tu ordenador (y preferentemente en la nube) con documentos word que vayas actualizando con la información relativa a tu actividad extraasistencial («formación continuada», «congresos», «capítulos», «sesiones»). Tú regístralo todo. Verás lo que agradeces tener todo recopiladito cuando vayas a elaborar tu currículum.

Guardias: conserva las planillas. Las pasadas y las futuras. Y si puedes, en el móvil. En el momento menos pensado necesitarás saber si realmente tuviste guardia el 24 de diciembre de hace dos años, o si tienes el jueves 13 del próximo mes. Y: ten en cuenta que, saliente de guardia, eres una versión raruna de tí mismo. 🙂 Intenta NO programar cosas importantes en los salientes.

Revisa los informes antes de firmarlos. El fenómeno «lost in translation» existe. Ningún paciente debería recibir un informe que le describa en la exploración física como «bien atado, nutrido y perfundido», y cuyas hormonas tirolesas estén en rango de la normalidad. 🙂 Y no abuses de las siglas. La verdad: MVC, ByD, PCR y SCA pueden tener varios significados, si bien ninguno comprensible por el paciente… ni por muchos médicos de especialidad distinta a la tuya.

Intenta hacer los máximos créditos de formación continuada posibles (hay muchos cursos online incluso gratuitos), y sobre todo: aprovecha las oportunidades de participar en proyectos de investigación. Aunque te cueste dos dioptrías revisar 250 historias clínicas. ¡Siempre podéis iros de cañas después!

 

2.- Consejos más filosóficos, eminentemente de «actitud», que me habrían venido muy bien. 

No te quedes con la duda, nunca. Pregunta a tu adjunto. Sea la hora que sea. Lo primero es el paciente. Y escucha y aprende de las enfermeras, siempre.

La residencia NO es el período en el que aprendes todo lo relativo a tu especialidad; qué va. Aprenderás, si todo va bien, lo necesario para ejercer como médico especialista y continuar aprendiendo cada día durante mucho tiempo… probablemente hasta tu jubilación. Además, y como dice mi amiga la Dra. Ingridbergman, no tengas prejuicios, ten la mente abierta y aprende de todos. Pero estudia también, coño, que no vale aprender todo por ósmosis. 🙂

– No importa qué especialidad hayas escogido: tienes que escuchar al paciente. Pero de verdad: escúchale. Esto es algo que mi amiga la Dra. Spock siempre reivindica, y con razón: una buena anamnesis sigue siendo el pilar de casi todos los diagnósticos.

Ten en cuenta que te debes al secreto médico, y no hablo tanto de sus implicaciones legales, sino de las morales. Sé prudente.

Vas a llevarte disgustos. Ojalá sean pocos y pequeños. Aprende de ellos, y pasa página pronto.

– Como dice mi amiga la Dra. Rayoquenocesa (literalmente no cesa, de las jornadas que se calza): no seas un residente florero. Ve adentrándote en las aguas de tu especialidad y de tu servicio poco a poco y con firmeza; no te quedes en la orilla, tienes que cruzar el río hasta llegar al otro lado. Y como apunta su álterego, la Dra. Rayoglamuroso: hay tiempo pa tó. Disfruta el tiempo libre y sé feliz. 🙂

Empatía, humanidad. Humanidad, empatía. Y mantenerlas siempre, da igual los años que pasen y lo quemado que estés. Tienes una gran responsabilidad, que incluye tratar a tu paciente como te gustaría que te trataran a tí (o a tu madre, o a tu hijo). Porque tú ejerces la Medicina: la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades.

Bienvenidos, R1. Vamos allá.

El respirito pediátrico.

Con el título de este post me refiero a que, con la llegada de las buenas temperaturas, los virus van atacando menos. Cuando el tiempo es frío los virus campan a sus anchas, independientemente de que les pongamos a los niños siete capas de ropa sobre camiseta térmica, guantes de esquí y pasamontañas encima del gorro. Además, las bajas temperaturas nos inclinan a meternos en sitios cerrados (con mucha gente que ha pensado lo mismo), y es entonces donde los niños se contagian (compartiendo bolas con babas en un parque de bolas, por ejemplo).

No crea el lector que es habitual hacer la pausita en la guardia para salir a tomar un café al solete.

No crea el lector que es habitual hacer la pausita en la guardia para salir a tomar un café al solete.

Además de que ya va haciendo más calorcito, el respiro del pediatra viene dado también porque ya se ha pasado la temporada del VRS y la gripe. Estos virus tienen su momento todos los años, igual que las fresas o los alcachofas, para entendernos. No es exactamente igual de año en año, pero sí parecido. Este curso 2014-2015 diría yo que el VRS apareció más o menos cuando suele aparecer, con los primeros fríos de noviembre -lo conté aquí-, y se extendió hasta febrero. Como anécdota, el que debió de ser el último bebé que necesitó pasar unos días en la UVI pediátrica de mi hospital a causa de una bronquiolitis VRS fue la hija de una amiga mía, a la que le dije al nacer la nena a finales de febrero, como buena bocachancla que soy: «nada, nada, aunque tenga dos hermanitos mayores, yo creo que se te va a librar de contagios ya hasta el invierno que viene, porque la gripe y el VRS ya están casi finiquitados este año«. Y zas, 20 días después, bronquiolitis que te crió y a la UVI pediátrica… Ya está como una pepa de bien, pero menudo susto se llevaron sus padres. En cuanto a la gripe, ya conté aquí que este año me ha parecido especialmente virulenta en cuanto a grado y duración de la fiebre, aunque sin traer mucho problema respiratorio; y llegó, me pareció, algo más tarde que otros años (después de navidad).

Que no haya ya prácticamente VRS ni gripe no quiere decir que no haya fiebres ni mocos, no, no. Como contaba yo hace unos meses (cuando por otro lado no tenía ni idea de que este blog fuera a alcanzar las 50 entradas) 🙂 un niño sin mocos es como un jardín sin flores, y los que vayan a la guardería aún les quedan unos cuantos virusillos por pasar este curso. Hay que tener en cuenta que virus respiratorios hay cientos. Pero sin duda, las guardias de Urgencias ya van siendo más tranquilas porque el total de niños que acuden es menor. Y, ¿qué les lleva a Urgencias ahora que es primavera? algunas son fácilmente deducibles:

Fracturas, brechas, traumatismos dentales, contusiones en general. Buen tiempo y vacaciones = bici y patines. Ponedle el casco a los chiquillos, please. Y protectores de muñecas cuando patinen.

Empiezan las alergias a pólenes varios, que cuando producen asma pueden requerir atención hospitalaria.

Todo tipo de reacciones cutáneas (la mayoría de las veces picaduras de insectos y urticarias) después de salidas al campo. Estos días es una consulta habitual (y sencilla de diagnosticar y orientar) en mi whatsapp. 🙂

Como patología infecciosa, estamos viendo escarlatina (enfermedad ladradora pero poco mordedora de la que hablé aquí), y… VARICELA. No me he acabado de decidir a escribir acerca de la polémica sobre las decisiones ministeriales tomadas en relación a la vacuna, porque no tengo las ideas del todo claras aún como para transmitir mi opinión con la suficiente vehemencia… pero me parece que están muy bien, para aclarar ideas, las entradas de Lucíamipediatra, de Mamápediatra, de BoticariaGarcía y de Mireinoporuncaballo, y por supuesto Evidenciasenpediatría.

Con este relajo pediátrico a mis espaldas, os cuento que Villamocos ha trasladado su sede a Oviedo. Aquí, Trontandovoy y Miss Berrinche están a sus anchas camelando al Abu Astur para que les compre chuches, jugando con la Prima Campanilla y viendo a sus amigas asturianas. Lástima que sólo sean tres días (debido a que he tenido guardias los días de atrás)… Y con este vídeo que me ha parecido genial, os deseo a todos felices vacaciones de Semana Santa, y mucho ánimo a los que trabajáis en ese mi querido hospital. 🙂

Pediatría versus Adultología.

Como muchos amigos villamoqueros sabéis, antes de pediatra fui geriatra. Sí: los dos extremos, sí (porque todo el mundo dice esta frase al enterarse) 🙂 Siempre digo, y no es coña, que no sé si habrá algún geriatra-pediatra más por estos mundos sanitarios aparte de servidora (y por favor, si existe y lee esto, ¡me lo haga saber!). El caso es que ejercí la adultología un total de 4 años y medio (residencia y medio año de contrato de guardias, atendiendo pacientes geriátricos y pacientes de Urgencias generales, es decir, de todas las edades salvo niños) y después repetí el MIR eligiendo pediatría. Y cuando empecé a ser médico de niños, hubo varias cosas que me chocaron, comparando con la medicina de adultos:

1.- Diminutivos. Creo que fue el primer día: estando con mi tutora (neonatóloga), una resi mayor le consultó algo relativo a la alimentación de Joaquín, el cardiopatita del box 3. Me quedé noqueada. Cardiopatita. Me sonó rarísimo. Meses después yo también había incorporado diminutivos a mi lenguaje diario aunque muchos, claro está, del tipo «-ín» o «-ina», que para algo una es asturiana. 🙂

2.- Por su nombre: a los niños, aunque tengan 10 minutos de vida y pesen 500 gramos, se les llama por su nombre. «Le he pedido una placa a Daniel», «¿Le has pautado el amoxiclavulánico a Sofía?»,… En adultos, se tiende más al: «Le he pedido una placa al ictus de la 11-2», «¿Le has pautado el amoxiclavulánico a la neumonía de la 9-1?»… También en relación a los nombres, me resultó curioso pasar de María Auxiliadora, Fulgencio, Asunción y Restituto a Daniela, Lucas, Martina y Mateo (nombres éstos de rabiosa actualidad).

3.- Los problemas sociales, con los niños, son menos. En el más amplio sentido de la palabra, «socialmente» tienen más enjundia los pacientes adultos y no te digo los ancianos. Problemas para encontrar un cuidador, problemas para un destino tras el alta cuando hay una discapacidad, problemas relativos a las bajas médicas, etc. En Pediatría, en general, pocos -salvo evidentemente casos de maltrato-. La mayoría de los infantes tienen quien les cuide, dentro y fuera del hospital, sean cuales sean las condiciones. Y no tienen que pedir bajas.

4.- La patología banal (dicho en cristiano: las enfermedades poco graves) se llevan el grueso de las consultas. El paciente tipo de la Urgencia pediátrica es un niño con fiebre, tos, o mocos (o los tres a la vez). El paciente tipo de Urgencias generales tiene insuficiencia cardíaca, angina de pecho o un infarto cerebral. A mí, esto no me supuso NINGÚN problema al cambiar de un lado a otro… pero conozco varios residentes de pediatría que dejaron la especialidad porque echaban de menos «más adrenalina». 🙂 No obstante, POR SUPUESTO que el pediatra atiende casos graves. Sólo que el porcentaje de éstos cambia según el ámbito asistencial: lógicamente no es lo mismo el centro de salud que la UVI pediátrica de un hospital terciario. La pediatría es muy amplia, y abarca desde la atención primaria hasta el manejo integral de un trasplante.

5.- El paciente pediátrico es muy agradecido. Esta afirmación, que se oye frecuentemente en los hospitales o las facultades de Medicina, cobra todo su sentido cuando uno viene de tratar adultos. Para empezar, gran parte de la patología pediátrica es infecciosa, y por tanto, se cura habitualmente sin secuelas. Pero lo que para mí supuso una «sorpresa» al rotar por infecciosos pediátricos muy al principio de mi residencia fue darme cuenta, ya con los primeros pacientitos (o pacientines), que sólo tenía que preocuparme de la enfermedad aguda que tenían. Me explico: el niño con una neumonía típica neumocócica (es decir, una infección grave), precisa como tratamiento farmacológico el antibiótico y poco más. Su riñón responde, su corazón también. Los pacientes geriátricos -y no tan geriátricos- suelen presentar pluripatología, y una infección grave descompensa su insuficiencia cardíaca conduciendo a un fracaso renal prerrenal (un suponer), necesitando un manejo bastante más complejo. Esto que he plasmado en dos frases es mucho más complicado, pero la idea es esta: los niños ni son pluripatológicos, ni son polimedicados en su mayor parte. Y no sólo eso: su capacidad de adaptación es inmensa. A todo le ven el lado positivo, y se olvidan pronto de lo malo. Me llama mucho la atención, y por eso lo cuento, que he oído muchísimas veces eso de «puf, no sé cómo puedes ser pediatra… ¿no te dan muchísima pena los niños enfermos?». Pues la verdad, y lo digo aquí en abierto, he sentido pena muchísimas más veces como adultóloga que como pediatra. Porque los niños la mayoría de las veces se curan. Porque además se las apañan para divertirse durante el ingreso. Porque si la patología es aguda, se les acaba olvidando. Y si es crónica (ejemplo enfermedad celíaca) son mejores cumplidores que los adultos (de la dieta en este caso). Porque su familia nunca -o casi nunca- les abandona, y nunca están solos. Porque físicamente se recuperan solos sin necesidad de rehabilitación, al echar a correr en cuanto tienen oportunidad… y muchos motivos más. Ahora bien, cuando lo he pasado mal por un niño, ha sido elevado a la enésima potencia.

6.- Madre mía, las dosis, MAAAAADRE MÍAAAA. Este tema reconozco que me fastidió un poco. 🙂 Con lo contenta que estaba yo con mis dosis universales que se manejan en adultos, y ahora va y resulta que tengo que aplicar «milígramos por kg» y no sólo eso, calcular después el volumen en mililitros, porque por todos es sabido que los niños no tragan pastillas sino que hay que darles jarabes. Y esto no era nada comparado con lo que me esperaba al llegar a las UVIs pediátricas: ¡perfusiones de fármacos! ajustadas por peso, diluidas, y calculando el ritmo de infusión en, qué se yo, microgramos por minuto… al principio se me hizo duro, pero enseguida comprendí que forever and ever mi mejores amigas serían la calculadora y la regla de tres, y punto pelota.

7.- Con el paciente pediátrico se va a por todas, siempre. Como geriatra, me he tenido que pelear algunas veces con otros especialistas para hacer notar que mi paciente, pese a tener 80 años, se merecía absolutamente todos los recursos disponibles (léase ecografía abdominal o stent coronario) dada su situación basal. A esta conclusión llega el geriatra tras una adecuada valoración geriátrica: no es lo mismo un paciente de 80 años en fase avanzada de una demencia que un paciente de 80 años que vive solo, conduce su coche y cuida a los nietos. Como pediatra, en 8 años de ejercicio, nunca he tenido que pelear una prueba diagnóstica o un procedimiento.

8.- El pediatra trata con padres; el adultólogo, con el propio paciente, y/o con sus hijos. Esto se merecería un post o dos. Debo decir que a mí me ayudó ser cocinera antes que fraile, es decir, ser madre antes que pediatra. Pero es cierto que parte necesaria y fundamental de la formación en Pediatría es saber interactuar con los padres. Explicar y empatizar. Y paciencia.

Captura de pantalla 2015-03-18 a la(s) 18.50.25

Quino. Siempre Quino.

 

9.- Ser pediatra es una profesión de riesgo. Pues sí, porque niños = virus. Los residentes de primer año de pediatría caen como moscas durante su primer invierno en Urgencias. Gastroenteritis, conjuntivitis, fiebrones… es así.

10.- Y lo evidente: la Pediatría es esa especialidad donde nadie se extraña si muges como una vaca, sacas un dibujo de Peppa Pig o hablas de Doraemon con total naturalidad. Es esa especialidad donde para explorar al niño te es tan útil el fonendo como la granja de Playskool. O sea, que el imaginario infantil campa a sus anchas, y nos facilita mucho las cosas. Como médico, o lo odias o lo amas, y para ser pediatra, mejor que te acerques a la segunda categoría. 🙂 Esta forma de trabajar, en mi opinión, contagia a todo el personal, y cuando aterricé en Pediatría me pareció que todos éramos bastante happies. Hay buen rollo. Entre residentes, entre médicos-enfermería, entre adjuntos-resis… Será cierto lo que ilustra el algoritmo que os adjunto. 🙂

 

Obviamente lo que he escrito aquí ha sido MI percepción, que a lo mejor otro geriatrapediatra no lo vería así. Y seguro que mañana pienso que me he dejado más diferencias entre la medicina de adultos y la de niños en el tintero. En cualquier caso, qué queréis que os diga: para mí, la pediatría es la mejor especialidad que hay. 🙂

Un saliente de guardia cualquiera…

Son las 7:45. El despertador suena en el dormitorio de guardia. He dormido 4 horas, lo cual no está nada mal; aunque es cierto que no del tirón. Bajo a Urgencias, damos el pase de guardia, suelto el busca. Tras engullir unas tostadas y un café me voy a mi Servicio, donde tenemos una reunión con un delegado de un laboratorio farmacéutico. Un proyecto importante. Llego tarde: no me acordaba. Y pienso: ojú qué espesita estoy...

– Hola, Doctora Villamocos, ¿qué tal?

– Bien,… eh… mmm…

(no, no me sale su nombre, y se me ha notado).

Me visto con mi ropa de calle para irme del hospi. No iré directamente a casa: Miss Berrinche y Trotandovoy necesitan avituallamiento para la fiesta de Carnaval de su cole. Poca cosa: sólo he de conseguir dos pares de leotardos blancos y un par de camisetas térmicas. Sencillo.

Cuando estoy a punto de coger el autobús revolviendo el bolso para sacar el abonotransporte, descubro con horror que faltan cosas. Concretamente, los calcetines y la ropa interior que usé durante las 24 horas previas. Oh my dog. Regreso corriendo a la consulta: espero no habérmelos dejado encima de la mesa saludando a los pacientes… Respiro aliviada cuando compruebo que no; están tirados en una esquina del cuartito donde nos cambiamos. Me despido de mis compañeros por segunda vez y me voy. Qué cagadaaaaaa, pienso.

Llego al centro comercial cercano a mi hospi. Me quedo embobada mirando las tallas de los leotardos infantiles; no me cuadran, me falta una… parece, en todos colores, que se saltan la talla de Trotandovoy. Tras unos 3 ó 4 minutos de comprobación y ensimismamiento, me doy cuenta de que no, que tallan edades pares: 6-8-10… no hay 7, ni 9. Joooooodó, vaya si estoy espesa, pienso. Meto los leotardos al carro y avanzo. Cuando estoy doblando la esquina al pasillo de las camisetas térmicas, alguien me detiene agarrándome del codo. Veo a una ¿señora? ¿chica? de mi edad con cara de pocos amigos, que me espeta:

– Perdona, es que te llevas mi carro.

– Ay, sí. Lo siento.

[Me disculpo soltando, como si me quemara, el carro de la SeñoraManoloEscobar] 

Captura de pantalla 2015-02-13 a la(s) 01.35.03Sin comentarios. Claramente hoy no atino. Hasta me parece oír a mi amiga la Dra. Spock diciéndome  «¡aTina, Turner!».

Tengo todo ya. Voy a pagar. Pero mi afán consumista postguardia me hace, inexplicablemente, decidir comprar tofu. Después, en el metro, pensaba yo: ¿para qué coño he comprado tofu, si no lo he comido en mi vida? Y además, tres paquetes… Pero claro, en la nebulosa del saliente de guardia, me pareció una idea fantástica a la par que estupenda.

Llego a casa. Me pongo el pijama para estar cómoda y decido emplear una horilla en contestar mails atrasados, y me dispongo a cargar el iPad, que está seco de batería. Por Tutatis: me he dejado el cargador en el bolsillo de la bata, en el hospital. Y tampoco puedo cargar el iPhone. No entiendo cómo soy tan desastre… Hace tiempo que me digo que debería tener dos cargadores, pero voy tirando con uno. Sopeso las posibilidades. Sólo hay una viable: vestirme de nuevo e ir a comprar un cargador cutrecillo al Tiger. Cagonrós.

Por la tarde, las niñas tienen conservatorio. Mientras termina la clase de Trotandovoy, Miss Berrinche y yo hacemos tiempo en el súper, comprando lo que se me olvidó comprar por la mañana (mucho tofu pero me olvidé del pan). Llega la hora y su hermana no sale. Me dirijo a una madre cuya hija está en el mismo grupo que Trotandovoy.

Perdona, ¿sabes por qué están tardando tanto en salir hoy?

– No están tardando… hoy tienen dos clases seguidas. ¿no te acuerdas?

[Mieeeeeeeeerdaaaaaaa. No, evidentemente no me acordaba]

Por la noche, intento salvar mi dignidad cocinando el tofu, ya que lo he comprado en un arranque postguardil. Me equivoco y abro dos paquetes; sólo quería abrir uno. Lo cocino con receta inventada y no queda mal, en parte porque se me ha ido la mano con el comino, el ajo y la sal, y de insípido, ná de ná. Eso sí, después de que las niñas se han lavado los dientes, acostado y leído un cuento, compruebo que me he dejado la vitrocerámica encendida. Al 3.

Definitivamente mejor me voy a la cama y pongo fin a este día de no dar pie con bola (un saliente de guardia corriente y moliente) , a riesgo de causar algún mal mayor…

Conclusión pospós (que es la abreviatura de post-post, o sea, reflexión al terminar el post): …por si alguien tenía alguna duda de que los médicos no deberían seguir trabajando al terminar la guardia! 🙂

De gripe y otros virus…

No sé si al resto de pediatras les ha pasado lo que a mí, o no: me ha parecido que este año la gripe ha dado más guerra que los 2 ó 3 años anteriores. Esta ha sido mi sensación, no lo he contrastado con fuentes epidemiológicas fiables; pero las últimas guardias de Urgencias han hecho que piense así. Maaaaaaadremíademivida qué guardias, ¡un niño con fiebre alta detrás de otro! Y me ha tocado decir muchas veces a los padres la mítica frase: «Parece que lo que tiene su hijo es un virus». Alguna vez lo he dicho con conocimiento de causa, después de que un análisis de los mocos del retoño haya resultado positivo para la gripe o el VRS; pero en la mayoría de ellas me he basado en el ojo clínico. Como tantísimos pediatras cada día en toditos los lugares del mundo. Hoy rompo una lanza en favor de mis compañeros de especialidad. 🙂

Captura de pantalla 2015-02-09 a la(s) 22.40.44Aunque existen virus puñeteros peligrosos (y más si no se vacuna, como lamentablemente está sucediendo), en nuestro país la mayoría de las infecciones infantiles son causadas por virusillos que se curan solos (SIN antibiótico) y no suponen una verdadera amenaza para el niño. Pero… una minoría de las infecciones son bacterianas y pueden ser muy peligrosas (por ejemplo, las meningitis por neumococo). Y esta introducción la he hecho para explicar que un alto porcentaje del esfuerzo de un pediatra (y de sus neuronas) consiste en valorar si el niño con fiebre que tiene ante sí padece una infección grave o no. En definitiva, la mayoría de las veces lo importante NO es saber lo que tiene un niño, sino LO QUE NO TIENE.

El caso es que he oído (y leído) muchas veces a padres y madres decir: «cuando no saben lo que tiene el niño, te dicen que es un virus». ¿Es esto verdad? Pues no. 🙂 No es tan sencilla la cosa. Entonces, ¿qué está diciendo vuestro pediatra cuando os dice que vuestro niño tiene un virus?

1.- Si tu pediatra te dice que la fiebre y la tos de tu hijo le parecen debidas a un virus, te está diciendo que NO le parecen debidas a una neumonía bacteriana (que precisaría tratamiento antibiótico y aún así, se complica con cierta frecuencia). Lo ha decidido a veces sólo por la exploración, y otras ayudándose además con una radiografía y/o una analítica. Y ojalá fuera una ciencia exacta… pero no lo es.

2.- Si tu pediatra te dice que las anginas de tu hijo le parecen víricas, es porque ha llegado a la conclusión de que NO le parecen anginas por estreptococo. Como os contaba aquí, éstas deben ser tratadas con antibiótico. No es fácil tomar esa decisión en algunos casos; algunos virus imitan muy bien las amigdalitis estreptocócicas.

3.- Si tu pediatra te dice que la erupción (o exantema) en la piel por la que has llevado al niño le parece un virus, lo dice porque conoce los exantemas víricos, todos parecidos. Pero también porque ha decidido que NO es sarampión, dermatitis atópica, tiña, varicela, escarlatina, sarna, urticaria,… o las temibles petequias, todos ellos cuadros cutáneos que precisan de actuación médica específica.

4.- Si tu pediatra te dice que la fiebre alta de tu hijo le parece un virus, te está diciendo que NO le parece una infección bacteriana grave diseminada. La cual se conoce como sepsis, o septicemia; y que puede ser fatal (FATAL) en cuestión de horas. Creedme, a veces cuesta tomar esta decisión. Mucho.

5.- Si tu pediatra te dice que la diarrea de tu hijo, o los vómitos, o el moco nasal abundante (sea del color que sea), o la irritación ocular,… le parece un cuadro vírico, ya sabéis lo que os está diciendo: una buena noticia, la mayoría de las veces. Que no necesitará más tratamiento que paracetamol o ibuprofeno para aliviar la inflamación o la fiebre.

Bueno, y aquí en Villamocos, y pese a que ya no tenemos bebés sino pedazo de chavalotas de 8 y 9 años, hemos estado servidos la semana pasada. Fiebrón-tos-mocos de ambas dos, durante 4 días. Con el consiguiente absentismo escolar para gozo y disfrute de las retoñas afectadas, que acabaron aburridas de tele, iPad, cuentos y juegos de mesa. Y me da igual si ha sido un Adenovirus, un Rinovirus, un Bocavirus o un Enterovirus, aunque estoy casi segura -llámame perspicaz- de que ha sido un Influenzavirus (o sea: gripe, que es lo que toca, y lo que ha traído su madre a casa de Urgencias) 🙂

 

Una guardia de enero: intoxicación por monóxido de carbono.

Estoy saliente. Ya sabéis lo que me leéis lo que eso quiere decir, porque lo contaba yo aquí. Hoy ha sido un saliente jevi, podríamos decir; acorde con la guardia de ayer.

Las urgencias pediátricas tienen claras tendencias: se parecen a un catálogo de moda. Los motivos de consulta varían según la fecha (temporada otoño-invierno, o primavera-verano), y dentro de esta variación estacional aparecen también tendencias puntuales. Ahora estamos en pleno invierno, y eso en Pediatría implica que la Urgencia está saturada. Invierno = clima frío = virus = niños con fiebre y mocos (como he hablado aquí o aquí). Partiendo de que las guardias son atareadas desde noviembre hasta marzo, atravesamos claramente fases (de duración variable) en las que vemos lo que está esos días de rabiosa actualidad (como las barbas náufrago o las bufandas tamaño edredón nórdico 🙂 ). En diciembre la bronquiolitis por VRS fue trending topic indiscutible, y estos días es la GRIPE. Temible gripe,… aunque afortunadamente en los niños no da ni de lejos tantos problemas como da en adultos, o como da a los propios niños el VRS.

La guardia de ayer fue el festival de la gripe. ¿Y por qué traen los padres a Urgencias a sus hijos con este virus? pues porque el niño con gripe tiene un fiebrón de tres pares de narices. Y ya sabemos que a los padres la fiebre les asusta, aunque como contaba yo aquí al pediatra lo único que le preocupa de la fiebre es la causa. Total, que así íbamos ayer atendiendo a un niño febril detrás de otro cuando apareció lo que, ante mi sorpresa, se convirtió en el segundo trending topic de la guardia: la intoxicación por monóxido de carbono (CO). Sí, sí, exacto, y en pleno siglo XXI. Algo que, por cierto, hacía bastante tiempo que no veía. Acerca de este tema, en internet hay bastante información (¡aunque no he encontrado nada en mis blogs de cabecera!), y destaco este enlace al manual de Urgencias de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas (que le dedica un capítulo).

Mi sorpresa, como digo, no sólo fue atender a la primera niña intoxicada,… ¡sino a un segundo y un tercer niño (procedentes de distintos domicilios)! En todos los casos el desenlace pudo haber sido fatal: el monóxido de carbono es un gas que ni se ve, ni se huele, ni irrita las mucosas al respirar… nada. También le dicen «el asesino silencioso«. Se produce por una combustión incompleta de hidrocarburos, muchas veces con origen en estufas, braseros, calderas o chimeneas que no funcionan correctamente. Resumiendo mucho, este gas le da un codazo al oxígeno unido a la hemoglobina de nuestros glóbulos rojos, desplazándolo; y sin oxígeno, nuestras células y nuestros tejidos,… mal (por simplificar). El sistema nervioso es el más afectado en la intoxicación, produciéndose cefalea (lo más frecuente), y según el grado de intoxicación, mareo, pérdida de conciencia e incluso convulsiones. Para prevenirlo, existe suficiente información en internet, aunque me ha llamado la atención que al escribir en Google «prevenir la intoxicación por monóxido de carbono», encuentro páginas oficiales (gubernamentales, podríamos decir) de países americanos (EEUU, Argentina,…); en cambio, la primera página española es la del Eroski. Todos los expertos coinciden en que puede ser un problema infradiagnosticado, y que intoxicaciones leves (sólo dolor de cabeza y cifras de carboxihemoglobina poco elevadas) pueden pasar desapercibidas. También remarcan el hecho de que, con los apuros económicos de las familias, se recurre a estos métodos para calentar las viviendas en lugar de la hipermegacarísima calefacción central.

Conclusión: hay que tener en mente la intoxicación por CO para diagnosticarla. A mí, ya me venían diagnosticados de la Urgencia de adultos, donde habían tratado a los padres, en dos de los casos, y de la UVI móvil, en el otro caso. No es un problema del pasado. Es un problema total y absolutamente prevalente. Hay que revisar los sistemas de calefacción y las chimeneas.

Por cierto. Yo también tengo bufamanta. De hecho, tengo dos. 🙂

 

Amor fraternal… más o menos.

Guardia de Urgencias del miércoles pasado. Hora punta: 22 pm. Voy pululando de box en box viendo niños con los resis, cursando altas, hablando con padres, planificando ingresos, rellenando hojas de tratamiento y cogiendo el teléfono que no para de sonar. O sea, lo habitual en el nudo central que contaba yo aquí.

La enfermera que está en el triage me pide que valoremos juntas a un bebé. Tiene un mesecito y medio y ha estado ingresado con bronquiolitis durante una semana, hasta hace dos días que fue dado de alta. Los papás le han traído porque percibían un empeoramiento en su respiración. Se han traído también al hermanito mayor, un nene de unos cinco años -no más- que está ahí plantado con su pijama de Spiderman y los ojos muy abiertos, sin perder detalle de lo que hacemos (auscultar a su hermano, ponerle un pulsioxímetro y decidir qué hacemos en primera instancia). Una vez que me recoloco el fonendo al cuello, nuestro Spiderman me mira con gesto de franca preocupación y me pregunta, adelantándose a sus padres: «¿Verdad que está bien mi hermanito?»… A lo que tanto la enfermera como yo le contestamos, cariñosas: «Sí, bonito, está bien. No te preocupes«. Y nos miramos entre nosotras con ternura («Cuánto tendrá que querer a su hermanito este chiquillo»)… hasta que el susodicho se da la vuelta resuelto y dice: «Menos mal, pensé que por culpa de éste me iba a tener que quedar otra semana viviendo en casa de la abuela. ¡Hale, vámonos a casa!».

… Y los padres intentando justificarle, como si hubiera que justificar la espontaneidad de un niño que dice la verdad: «Es que la comida de la abuela no le gusta«,… 🙂

Pediatría navideña.

Trabajar con niños es lo que tiene: todos los días tienes la sonrisa (y la carcajada) asegurada. Lo contaba yo aquí.

La valoración de un paciente comprende básicamente la anamnesis y la exploración física. Esto es así desde la época de las cavernas. Conocemos como anamnesis la información que el médico obtiene del paciente para recabar datos relevantes en el cuadro clínico, y así orientar el diagnóstico. Después, en la exploración física, buscaremos pistas que nos ayuden a diagnosticar.

La anamnesis, técnicamente, consta de: antecedentes personales (qué enfermedades ha tenido el paciente; qué cirugías; qué alergias; qué vacunas;…), antecedentes familiares (qué enfermedades hay en la familia, por si son hereditarias y pudieran tener que ver), y enfermedad actual (qué le pasa, desde cuándo, con qué lo relaciona, a qué hora, mejora con algo, etc).

Pero en mi opinión (y en mi práctica diaria) la anamnesis pediátrica debería incluir siempre un cuarto apartado: el evento emocionante. 🙂 Los niños SIEMPRE tienen un evento emocionante a la vista, y les gusta hablar de ello. Y estos días está relacionado obviamente con la Navidad. Concretamente, a lo largo de la semana pasada fue la función del cole y la llegada de Papá Noel. Porque, para disgusto de unos e indiferencia de otros, a Papá Noel ya le tenemos absolutamente incluido en el imaginario infantil al mismo nivel que los Reyes Magos. La semana pasada les pregunté a todos y cada uno de los niños que vi acerca de la función de Navidad del cole. 99 de cada 100 hacían efectivamente algún tipo de representación. De éstos, la mayoría hacían de pastor, Rey Mago o San José… aunque se ve que hay coles originales, porque también ha habido niños que me han contado que han ido de pastelero, motorista o árbol de Navidad (con bolitas).

En la consulta, las cosas siempre son -más o menos- amables porque no hay normalmente componente de gravedad. En la planta, donde están los niños ingresados, la cosa cambia. Y es entonces cuando no puedo hacer otra cosa que alucinar. Alucino viendo cómo niños que están siendo tratados de enfermedades muy graves que implican depender de un goteo intravenoso por donde recibir medicamentos e incluso alimentación, se emocionan, aplauden y ríen como los que más al ver a los Reyes por los pasillos, los belenes que hay en cada planta o la fiesta de Navidad que se monta en el teatrito del hospital.  Los niños son acojonantes (con perdón).

Así que, después de este año un poco duro que hemos tenido en Villamocos, y siendo como van a ser unas Navidades un poco rarunas por las ausencias… pienso en las dos niñas maravillosas que tengo (maravillosas, son; pero también tozudas, gritonas, peleonas, cansinas y algo vagoncias, que un post sin ironía no es un post mío)… y me siento afortunada. Mucho.

Así que:

Villamocos navideño… que se cumplan vuestros sueños!

Uso de las urgencias hospitalarias en Pediatría.

Hoy vengo seriota. Encontré por las redes sociales este post que os traigo. Trata un tema muy trillado ya, pero no por trillado, solucionado. Qué va. El tema no es otro que el uso que se hace en nuestro país de las Urgencias hospitalarias.

Creo que debe uno situarse primero en el contexto. En España, la asistencia sanitaria es globalmente buena. Decir «buena» es poco específico, pudiendo entrar en detalles (listas de espera, aprovechamiento de recursos, universalidad de la atención…), aunque no es mi intención. Pero quiero subrayar que en nuestro país la cobertura pediátrica es muy buena, según cualquier indicador de calidad que uno quiera consultar en relación a otros países. Un niño español tiene derecho a ser atendido por un pediatra de atención primaria (y no sólo cuando está enfermo, que también se contempla la atención al niño sano), y no sólo previa cita sino también de forma urgente; y además cuenta con los servicios hospitalarios (Urgencias, hospitalización, quirófano, consultas externas,…) para cuando éstos sean necesarios, y normalmente siendo derivado al Hospital por su pediatra de cabecera. También, hay que señalar que los centros de salud tienen cubiertos tanto horario de mañana como de tarde (con excepciones en el medio rural). En definitiva, no se encuentra un soporte pediátrico tan sólido como el español por otros lares.

Lo que ocurre -y doy fe- es que en un porcentaje nada despreciable de casos se hace uso de la Urgencia de forma incorrecta, como explica el post del principio. Pero no, no estoy diciendo que la mayoría de los casos que acuden a Urgencias lo hagan indebidamente. No sé qué porcentaje es, y además creo que sería difícil poner un límite entre lo que es urgente y lo que no… pero todos los pediatras que hacemos guardias en Urgencias detectamos casos de claro uso incorrecto, y éstos son los que habría que intentar evitar, concienciando a la población. Porque además, pueden perjudicar la asistencia de los pacientes que sí necesitan ser atendidos urgentemente. Lo que me da «pena», por decirlo de alguna manera, es que muchas veces este uso indebido viene por lo de siempre: por la dificultad para conciliar vida laboral y familiar (y el único momento «libre» para llevar al niño al pediatra es el fin de semana o a última hora de la tarde… cuando «sólo» hay pediatras en Urgencias), y de esto no tienen culpa ni los padres ni los pediatras (y mucho menos, los niños).

¡Pues hala! creo que he cubierto durante un tiempo el cupo de «seriedad» del blog… 🙂